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Jesús Hurtado (23.11.1928-17.06.2025)
In Memoriam
(artículo publicado por Miguel Calvo en la web RFEA el 13 de mayo de 2021)
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“Lo que más me ha impresionado en mi vida fue el día que vi el mar por primera vez. Fue en San Sebastián. ¡Qué impresión me llevé, Dios mío! ¡Qué imponente era ver tanta agua!”
Entrevista de Pedro Escamilla a Jesús Hurtado con motivo de su retirada a los 38 años
(Marca, 7 de enero de 1967)
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Testigo vivo de un mundo que prácticamente terminará desapareciendo con él, a sus 92 años Jesús Hurtado todavía recuerda las características que durante los años cincuenta del pasado siglo le convirtieron en un corredor irrepetible, justo en el momento en el que la historia del atletismo español moderno comenzaba a escribirse en pistas de ceniza: “Cuando veo a los corredores actuales siento una envidia tremenda, porque si yo hubiese llegado a pillar el tartán que hay hoy en día… Nadie me ganaba en duro y siempre conseguía imponerme al final. Aguantando, no había nadie tan rápido como yo en la última vuelta y siempre recuerdo a Gregorio Rojo gritando al pie de la pista: ¡Tiradle antes!”
“Entonces, el atletismo era muy diferente al de ahora – continúa recordando el propio Hurtado al tiempo que se emociona al relatar cuánto le gustaba competir en San Sebastián y la admiración que sentía por cómo se vivía el atletismo en países como Finlandia -. Recuerdo que corría con unas playeras que me quemaban los pies y al llegar a casa mi madre me preparaba un barreño con sal y vinagre para curarlos. En invierno corríamos las carreras de cross y luego nos bañábamos en las piscinas municipales, que estaban heladas. Pero éramos muy felices y pudimos correr con atletas como Emil Zatopek o todos los ingleses que por aquel entonces eran las grandes estrellas del campo a través. Mis ídolos eran Vladimir Kuts, Zatopek y Alain Mimoun, que además era muy buena persona. Aquí, entonces ya había atletas con una calidad enorme, como Barris o Molins, pero para mí el mejor fue Antonio Amorós. Era el que siempre me jodía, pero es que era el mejor”.
Fruto de una mezcla irrepetible entre el atletismo del Madrid más castizo y los primeros viajes internacionales de los atletas españoles, Hurtado presume de sus más de 800 trofeos, muchos de los cuales todavía conserva en su coqueta casa de la colonia de Mirasierra, al norte de la capital madrileña. Y su enorme palmarés parece quedarse pequeño para describir toda la leyenda que alberga su figura: coleccionista de récords, campeón de España en cinco y diez mil metros, más de 20 veces internacional, sexto en los Juegos Mediterráneos disputados en Barcelona en 1955, ganador de todas las tradicionales carreras que definieron la historia de Madrid durante aquellos años como el Trofeo Buenavista, la vuelta al Retiro o el trofeo de los hermanos Izuzquiza entre tantos otros, asiduo de la mítica San Silvestre de Sao Paulo en unos años en los que todo el mundo parecía estar tan lejos de las fronteras españolas e incluso ganador de las dos primeras ediciones de la San Silvestre Vallecana en 1964 y 1965, lo que le convirtió para siempre en un icono de la historia del atletismo español. Tanto que, mientras que en otros países un pionero como él ya tendría hasta su propia película, aquí sigue esperando incluso un reconocimiento del ayuntamiento de la que ha sido su ciudad durante toda la vida.
“Entonces la vida era muy dura – continúa relatando Jesús Hurtado -. Mi familia vivía al final del barrio de Tetuán de las Victorias, donde ni la guardia civil se atrevía a entrar, y mi padre murió muy joven, cuando yo sólo tenía 7 años. Durante la Guerra Civil nos caían los obuses que tiraban desde el cerro Garabitas y nos teníamos que refugiar a dormir en los túneles del metro. Éramos cinco hermanos, mi madre trabajaba todo lo que podía y durante la posguerra pasamos mucha hambre. Yo no fui al colegio y pasaba todo el día en la calle. Muy pronto comencé a trabajar en una imprenta y durante el servicio militar comencé a correr, gracias a Villalonga. En la primera carrera en la que participé en 1950 gané el trofeo al mejor neófito y el atletismo se convirtió rápidamente en toda mi vida. Sabía que me tenía que buscar un porvenir y cada mañana iba corriendo al trabajo para aprovechar a entrenar el poco tiempo que tenía disponible”.
Después comenzaron a llegar las primeras competiciones en las que su nombre comenzó a aparecer junto a figuras tan capitales como José Luis Torres o Miguel de la Quadra-Salcedo, todavía atletas. Los primeros triunfos. Los entrenamientos por la noche entre los pinos de las Dehesa de la Villa con una linterna junto a Luis Gómez. El apoyo fundamental que siempre fue su amigo Felicito Cerezo. La camiseta del Atlético de Madrid durante sus primeros años como atleta. El fichaje por el Real Madrid, convertido en su club de toda la vida. Los entrenamientos con un sabio como Pedro Escamilla como entrenador. Los primeros viajes que hicieron que un chico que hasta entonces nunca había visto el mar pudiese recorrer todo el mundo. Las cinco veces en las que Franco le dio la mano como saludo al gran campeón que fue. La casa que recibió como reconocimiento a su figura. La pista de atletismo de Santa Ana. Y el papel que desempeñaron en su vida personalidades como Elola Olaso y Santiago Bernabéu, gracias a los cuales primero comenzó a trabajar en el gimnasio Moscardó y luego terminó siendo el encargado de las instalaciones y el material de la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid hasta su jubilación, parte fundamental de la historia emocional del club blanco.
“Entre medias de todo ello, el escenario principal siempre fue la pista de ceniza universitaria de Madrid y el viejo espíritu que la rodeaba – nos ayuda a contextualizar Jorge González Amo -. Siempre digo que el atletismo cambió más en la década que precedió a los Juegos Olímpicos de México 1968 que lo que ha cambiado desde entonces hasta ahora, y la figura de Hurtado es imprescindible para relatar aquella época. La pista universitaria era sobre todo una forma de vida, un lugar de reunión. Y gracias a la mezcolanza que se produjo allí y al espíritu que se formó a su alrededor podemos explicar cómo comenzaron a convivir los dos mundos que fueron fundamentales en el inicio de la historia del atletismo español moderno: por una parte, el mundo rural y menos desarrollado del que provenían la mayoría de los fondistas; por otra parte, el mundo universitario y más elitista del que surgen la mayoría de los velocistas y los atletas de los concursos de saltos y lanzamientos. Entre medias de ambos mundos siempre estábamos los mediofondistas, intentando hacer de nexo de unión entre unos y otros y, sobre todo, aquel ambiente tan irrepetible que se generó en esa pista para albergar a unos y otros y de la que Hurtado es uno de sus máximos exponentes históricos, el más mayor que queda vivo”.
A lo lejos, el interminable sueño olímpico que Hurtado nunca pudo vivir pese a haberse quedado en Tolosa tan cerca de los Juegos Olímpicos de Roma 1960, pero que como si de un acto de justicia poética se tratara terminó alcanzando al portar la antorcha olímpica de México 68 por la madrileña calle Alcalá. Más cerca, la enorme sala de trofeos de su casa que, iluminada por esa misma antorcha ahora convertida en una lámpara, es un auténtico santuario de la historia del atletismo y el deporte madrileño y español. Y siempre presente, la risa como una forma de vida, tal y como el propio Jorge González Amo recuerda cientos de anécdotas como aquel día que tras un encuentro internacional España – Austria en Barcelona acabaron en el cabaret El Molino con Hurtado convertido en un improvisado protagonista más del espectáculo o el viaje de vuelta a Madrid en el que el tren se detuvo por un accidente y el fondista madrileño se convirtió en el auténtico maestro de ceremonias sobre las vías, genio y figura tanto dentro de la pista como fuera de ella.
Emocionado, Hurtado continúa enseñándonos recuerdos. Fotos que resumen una vida imposible de describir. Las viejas zapatillas de tacos con los que corría sobre la ceniza. Las flechas que le trajo de la selva amazónica su amigo Miguel de la Quadra-Salcedo. Los cientos de recortes de prensa que recuerdan a la gran figura que fue. Y las lágrimas que afloran al recordar a todos los que se han ido, desde los más recientes como Arizmendi o Lombao, hasta todos aquellos que hace tanto que se fueron y que son ya parte de un mundo a punto de desaparecer.
“Cómo me acuerdo de ti, amigo – responde Hurtado al teléfono mientras que al otro lado le escucha su querido Julio Gómez Almazán “el ruso” -. De aquel tiempo ya no quedamos casi nadie”.
Y mientras que la emoción nos embarga y nos resistimos a cerrar la puerta a todo lo que fuimos, siempre será buen momento para seguir soñando con camisetas y pósters con la figura de Jesús Hurtado, el último mito y auténtico icono de esa mezcla entre deporte popular y de élite que tanto define la historia del atletismo español.
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¡Qué maravilla de viaje en el tiempo y de homenaje! Muchas gracias, Miguel
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